En cada respirar el viaje continúa.
Llegas, te acoplas, "conoces", sigues... no te satisface, algo dentro de ti te cuenta que hay más.
Tu cuerpo crece, cambia, tu percepción comienza a hacerse más hambrienta, camina, anda, quiere volar; llegan a ti naves, te subes y emprendes el vuelo al mundo de los sentidos, esos de los que te han privado en la sociedad, esos a los que le llaman pecado, delito, dañino.
Al principio, ese mundo es maravilloso, el edén se transforma, hay hierbas, polvos, papel... es el edén que tanto habías ansiado, pero sigue siendo terrenal.
Das vueltas en ese edén, te hastías, quieres más, algo dentro de ti grita que eso no es todo, que eso es sólo el escenario, que vayas tras bambalinas que ahí hay mucho más.
Descubres tu naturaleza, La Naturaleza, esa madre de la que te has amamantado todos los tiempos, esa madre que has sustituido por lo que sus hijos fabrican, y nada más. Te alimentas de ella, y renaces en un nuevo edén, pero ya no es terrenal, los sentidos se vuelven viento, las emociones agua... llegan te mueven y se va.
Te das cuenta de que nada es real, y que lo irreal tampoco es imaginario, que todo es subjetivo, mo único objetivo es tu cuerpo... Lo tocas, reconoces el traje, sabes que tiene botones, broches, cierres, adornos y que tú lo has elegido, que decidiste habitar este momento o la eternidad.
Las preguntas te parecen estúpidas, pues las respuestas están siempre dentro de ti.
Ya no crees en el paraíso o el infierno, todo es un cúmulo de reacciones en cada mirada, en cada cruce de palabras y que el tiempo es un juguete que heredaron los ancestros y que no lo sabemos usar.
Eres niño de nuevo, deseas aprender a gatear sobre esos cinco elementos de los que comienzas a saborear a sabiendas de que es apenas es el principio, que no hay un fin, que la meta es el camino, y que amas ser viajero y el aliento es tu boleto para un nuevo planeta. Y así, continúas, presientes que el viaje es largo, que el viaje continúa...